Uno de los secretos mejor guardados del Madrid republicano. Foto AG.

Madrid. Año 2012. El pasado mes de enero, asistimos a la consolidación de la feria vanguardista Madrid-Fusión, en su X Aniversario. Todavía hoy, los paladares más exquisitos se relamen con los sabores delicados delSalón de Gourmets, que también, con paso firme, superó la semana pasada el cuarto de siglo.

Pero todo ello, nos puede saber a poco si lo comparamos con las 80 primaveras que cumple el Mercado de Tirso de Molina, uno de los secretos mejor guardados de la arquitectura civil republicana y una de las superficies comerciales más populares y castizas que aún se conservan en las entrañas de Madrid.

El Mercado de Tirso de Molina se encuentra semioculto en el barrio de Puerta del Ángel, a las espaldas del Paseo de Extremadura, entre las calles de Doña Urraca y Doña Berenguela. Dicho así, para los no iniciados y adictos a las grandes superficies, parecería que habláramos de un mundo esotérico.

Pero es uno de los 48 mercados que todavía existen en Madrid, donde se albergan puestos de productos frescos: carnicerías, pescaderías, fruterías, verdulerías…

El Mercado de Tirso de Molina nació en 1932, en el marco de un Plan General de Mercados impulsado por la II República. De hecho, su fachada conserva uno de los pocos escudos republicanos amnistiados por la dictadura franquista. En el 32, la Administración de Azaña se planteó la construcción de mercados de barrio y mercados centrales de abastos como medida de salubridad, dado que anteriormente las mercancías se apilaban en la calle, sin ningún tipo de higiene, entre restos orgánicos, a tiro de orines, el aliento de las bestias y el polvo que levantaban las carretas.

El mercado conserva uno de los pocos escudos republicanos amnistiados por el franquismo. Foto AG.

La obra, de un estilo a medio camino entre el racionalismo de la época y cierto aire neomudéjar, corrió a cargo de Luis Bellido, arquitecto de cuya escuadra y cartabón también salieron el Mercado de Ganados y Matadero Municipal, en el Paseo de la Chopera; el antiguo Mercado de Torrijos, en la calle General Diez Porlier, o, en su vertiente modernista, la puerta del Parterre y el templete de música del Parque del Retiro.

Eran desde luego otros tiempos. El tranvía 31 chirriaba en la Puerta del Ángel de camino hacia la Plaza Mayor y el tren hacía parada más arriba del Puente Segovia, de camino a Aranjuez. Pero la ciudad crecía y cada vez se parecía menos al poblacho manchego que observaba Francisco de Goya desde su quinta, a escasos metros del mercado.

Hasta que llegó el 36 y con él, la Guerra Civil. Según las crónicas, el barrio quedó paralizado por el frente, la mayor parte de su población huyó a refugiarse al centro de la ciudad y el mercado estuvo punto de desaperecer. En este ambiente belicista, uno de los obuses que lanzaba Franco desde el Cerro Garabitas, en la cercana Casa de Campo, cayó sobre el tejado, dañando sus vigas de hierro. Pero el destino quiso que no explotara y hoy todavía pueden verse los restos del petardazo, mientras se espera en la cola para comprar pescado.

La huella del obús nos observa en la cola del pescado. Foto AG.

La huella de las bombas simboliza mejor que nada el vigor que aún conserva este mercado; un mercado que nació sin puertas y por eso los tenderos quemaban troncos de madera en bidones, tal y como explica a AG el señor Fermín, carnicero jubilado que abrió su puesto en el 58: “La nieve entraba por los pasillos y nos calentábamos como podíamos”.

Hoy, los puestos se mantienen bajo la sabia gerencia de Teresa García Pérez, la “guardia civil del mercado”, como le gusta definirse, responsable de hacer cumplir las ordenanzas, el régimen jurídico de los puestos, las tarifas, las inspecciones, las desratizaciones y también de asesorar a los comerciantes. Teresa opina que los mercados tienen mucho futuro por delante porque la gente de barrio sigue acudiendo a ellos a la hora de comprar una merluza fresca, un buen entrecot o la fruta de mejor calidad. “El cliente busca la profesionalidad, la calidad y la cercanía”, argumenta.

Teresa cree que la clave es encontrar el equilibrio entre la tradición, la modernidad y el creciente gusto por el buen comer y el mercado de los productos delicatessen. Algo así ha ocurrido con mayor o menor acierto con mercados clásicos como el de San Miguel, junto a la Plaza Mayor o el de San Antón, en el barrio de Chueca. Además, la inmigración ha ayudado a su mantenimiento frente al acoso de las grandes superficies y hoy las carnicerías en Puerta del Ángel ofrecen cortes de carne adaptados a la demanda de la población de origen suramericano.

Teresa, gerente, 'Guardia Civil' y alma mater del mercado . Foto AG.

Hace un par de años, Teresa instaló unas puertas automáticas y hoy sigue aspirando a que los tenderos permitan a los clientes pagar con datáfono y eleven su olfato comercial a las posibilidades que ofrece el comercio, desde un punto de vista moderno y empresarial.

No sabemos si lo logrará, pero quizás ahí resida la magia y el gracejo de estos mercados. Los tenderos van un poco a su aire y son conservadores a su manera. Pero cuando Teresa llegó al mercado descubrió que son capaces de hacer equipo. Lo logró instalándoles un futbolín que amañaban sisando partidas con un garfio.

El barrio protege al mercado y el barrio está vivo. Las mujeres de antaño han dado paso a jóvenes modernos que hacen cola con sus gafas de pasta, los sábados por la mañana. Fuencisla Cristóbal, lleva 50 años haciendo la compra y ha visto llover y caer los chuzos de punta pero ahí sigue, fiel a su puesto de carne. “El mercado tenía antes más vida, las verduleras gritaban bien alto y había muy bien ambiente, pero hoy se vive mucho mejor”, nos cuenta.

Fuencisla la clienta más veterana, lleva 50 años acudiendo al mercado. Foto AG.

Hay cosas que nunca cambian y Fuencisla sigue pidiendo a su tendero morro de cerdo cortado en tiras. “A ver dónde lo encuentras si no es aquí”. La última encuesta de consumo alimentario del Ministerio de Agricultura nos dice que los españoles, a la hora de comprar productos frescos, continúan prefiriendo de manera mayoritaria el puesto de toda la vida porque, como dice la gerente del Mercado de Tirso de Molina, el barrio protege al mercado. Por algo será.

Comentarios

  1. Gracias por este artículo con el que aprendes y te relames a partes iguales. Enhorabuena al autor y a todo el profesional equipo de Actualidad gastronómica. Un consejo para lectores ávidos de emociones: suscribíos a esta página electrónica.

  2. me ha encantado . eres un periodista fantastico, como has entendido al mercado y su funcion hoy en dia es el centro del barrio.
    me encantaria que personas como tu siguieran trabajando con este tipo de comercio. GRACIAS.

  3. Muy bueno el reportaje, la verdad es que es un sitio al que da gusto ir a comprar, ambiente tranquilo, muy buen género y tenderos profesionales y amigables. Vivo por aquí desde hace 5 años y desde que lo ví se convirtió en mi opción para los productos frescos. Además ahora tienen un sorteo semanal de un vale de compra entre las compras de más de 10 €. ¡Que siga muchos años más, y que el escudo reviva y se extienda!

  4. Cuantos gratos recuerdos, Acompañaba a mi abuela a comprar por ejemplo , allí estaba Juanito el pescadero y a la vuelta en una carniceria estuvo Ontiveros que por aquel entonces grabó un disco, esto fue aya por primeros de los sesenta.Yo me crié en la Colonia del Carmen junto la desaparecida Estación de Goya, en la entonces llamada Carrera de San Isidro hoy llamado Paseo de la Hermita del Santo. Hoy con 63 primaveras a cuestas recuerdo el barrio con mucho cariño.Gracias por preservar estas joyas. Reciban un afectuoso abrazo de este incondicional vecino.
    Martin Pablo Hernandez Lopez Martes 3 de Septiembre de 2013

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