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Venta Pinillos, huevos sin tonterías

Publicado el 23 Octubre 2015 Por León Prieto

 

No espere el visitante de Venta Pinillos (Cabañas de Polendos, Segovia) manteles de lino (ni de algodón, ni de nada), ni finas cristalerías, ni una bodega nutrida con esos vinos de moda que llamamos “de autor” (como si los otros fueran huérfanos). Tampoco espere sillas confortables o una carta variada y amplia, porque no se trata de eso. En Venta Pinillos de lo que se trata es de comer huevos fritos, con enormes puntillas y una compañía inmejorable: chorizo (primero cocido y luego frito) y una buena tajada de lomo de cerdo.
Como mucho puede contar el comensal con una sopa de ajo y una ensalada para acompañar, y ya hemos cubierto toda la carta de esta venta de postas más que centenaria, ubicada al pie de la carretera en el corazón de la comarca segoviana de los valles del Pirón y del Polendos, a poco más de una hora de Madrid en coche.
Tampoco es Venta Pinillos un establecimiento apto para cardiópatas, pusilánimes o aficionados al veganismo (aunque la lechuga es ciertamente maravillosa), y para comprobarlo sólo hay que apreciar, siquiera con la vista, el esplendor de ese plato estrella donde los huevos, fritos en mucho aceite de oliva, lo que provoca una puntilla envolvente y única, se presentan junto con el lomo y el chorizo en un plato de vieja loza donde no falta precisamente el aceite ni la grasa. Los huevos saben ricos, ricos, y más en un entorno natural tan rural como el del sur de Segovia, con la vista puesta en la Sierra de Guadarrama y con el famoso pueblo de Cantimpalos a tiro de piedra.
También propone un viaje al pasado la propia arquitectura y la decoración interior de la venta, en cuyas paredes siguen estando las viejas taquillas donde se cobraba a los carruajes que paraban por allí hace ya tantos años que es difícil imaginarlo, donde las sillas y las mesas, desnudas, dibujan todo un escenario de casa de pueblo. Y qué decir de la propia cocina, presidida por unos fogones de hierro de los años 20 del siglo pasado, forjados en Segovia y que los dueños siguen utilizando de vez en cuando, una vez alimentados de carbón o leña, si bien los famosos huevos se fríen hoy en día con métodos más convencionales.
POSTRES AUTÉNTICOS
Volviendo al menú, tampoco cabe mucha discusión en torno al vino, ya que el de la casa es, como es menester en esta casa, igualmente sincero y también algo peleón, aunque lidiar con semejantes viandas no es cosa de caldos melifluos. Igualmente auténticos resultan los postres, y en especial la tarta de queso y el flan, ambos caseros, dos auténticas delicias.
Al final, con la andorga llena, el colesterol por las nubes y el ánima elevada, el comensal se va tan contento, y más cuando descubre que el homenaje apenas cuesta, con todos los extras, unos 15 euros por barba. Un festín segoviano para repetir.
Venta Pinillos, al pie de la carretera.

 

Listos para el festín.

 

El salón principal.

 

Seguro que las sillas, suelos y mesas llevan ahí desde los 70.

 

Las taquillas, testigos de un pasado viajero.

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